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Saturday, September 02, 2006

ASTOR

ASTOR PIAZZOLA



Piazzolla además de ser el músico de tango más célebre del mundo es un gran compositor reconocido y su música es seleccionada e interpretada a lo largo de todo el mundo por prestigiosos concertistas, conjuntos de cámara y orquestas sinfónicas.
Nació en Mar de la Plata el 11 de marzo de 1921 cuando este puerto pesquero del Atlántico,
Piazzolla llevó – estéticamente hablando – el tango hasta sus límites e hizo que muchos tanguistas no tuvieran la suficiente capacidad de acompañarlo ni de entenderlo.
A los que si le siguieron y a todos los que vinieron después les tocó la difícil tarea de encontrar un nuevo rumbo después de su obra. Y así, el “postpiazzollismo” es hasta el momento una colección de intentos, que aunque importantes algunos, son insuficientes.
Hacia 1930 el tango cae en una especie de letargo del que comenzará a despertar aceleradamente en 1938. Y será en este año en el que el joven Piazzolla se introduce en el ambiente tanguero de Buenos Aires. La relación de Piazzolla con el tango fue como una mezcla de amor y desprecio, de admiración y disconformidad y así comenzó una lucha contra el conservadurismo y la mediocridad del tango. Esta lucha que fue llevada a cabo desde el conocimiento profundo del tango por sus ansias de innovar y nunca desde el desconocimiento, la acometió desde el interior del tango, con profundas raíces en él, tocando con orquestas ajenas o propias en palcos de café o en oscuros clubes suburbanos.
Pero a pesar de la profunda esencia tanguera de todo lo que hacía Astor,desde mediados de los años 50 sus detractores decían de él:
“Piazzolla no es tango”, como expresión absoluta de la inercia y de la intolerancia. A pesar de esta oposición en el homenaje realizado a su memoria, fueron escritos varios tangos. Uno de ellos por Julio de Caro, figura principal del género, en el que puso de manifiesto la admiración que despertaba ese personaje áspero y combativo, que rompía todos los moldes.
Piazzolla marchó a vivir con sus padres a Nueva York en 1924 y fue allí donde en 1929
surgió su encuentro con el bandoneón. Empieza a estudiar bandoneón en 1930, luego piano con Serge Rachmaninov con el objetivo de poder arreglar para bandoneón obras escritas para piano y en 1932 compuso su primer tango titulado “La Cantiga” e intervino como actor infantil en la película “El día que me quieras”, cuyo actor principal era Carlos Gardel. Además, Gardel lo invita también a grabar varias piezas de su película.

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Astor Piazzolla, Roberto Di Filippo, Federico Leopoldo (bandoneón), Atilio Stampone (piano),Aldo Campoamor (cantante), Hugo Baralis (violín).
Desde el principio fue una de las agrupaciones más avanzadas, a la par de las de Horacio Salgán, Francini-Pontier, Osvaldo Pugliese, Alfredo Gobbi y el propio Troilo.
Hasta 1948 la orquesta grabó un total de 30 temas, entre los que destacan versiones de tangos antológicos como “Taconeando”, “La rayuela”, etc. así como cinco obras del propio Piazzolla en las que se empieza a ver, sobre todo en “Pigmalión” y “Villeguita” al genial compositor que surge en toda su hondura y originalidad con tangos de inigualable inspiración como “Para lucirse”, “Prepárense”, “Contratiempo”, “Triunfal”, “Contratiempo” y “Lo que vendrá”.
Estas piezas pasarán a formar parte del repertorio de importantes orquestas como la de Anibal Troilo, Francini-Pontier, Osvaldo Fresedo y José Basso, muchas veces con arreglosescritos por el propio Piazzolla.


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Mientras tanto, su nueva orquesta de cuerdas que forma en 1950 y en la que era Piazzolla el bandoneón solista, graba entre 1950 y 1951 cuatro obras, dos de ellas en un memorable disco de 78 revoluciones: los viejos tangos “Triste” y “Chiqué”.
Y en 1952 forma parte de la Orquesta Sinfónica de Cuerdas para Radio Splendid en Buenos Aires en la que coincide con los cantantes Lidia Marino y Fontán Luna.

En los primeros años 50 Piazzolla dudó entre el bandoneón y el piano, y pensó volcarse a la música clásica, en la que ya venía incursionando como compositor.
De esta parte de su vida habla Piazzolla en una entrevista realizada bajo el título de“Astor Piazzolla:

El tango ya no existe, decía. Existió hace muchos anos atrás, hasta el 55, “cuando Buenos Aires era una ciudad en que se vestía el tango, se caminaba el tango, se respiraba un perfume de tango en el aire. Pero hoy no. Hoy se respira mas perfume de rock o de punk...
El tango de ahora es sólo una imitación nostálgica y aburrida de aquella época”. Salvo, claro, como él mismo aclaraba, el que componía, inagotablemente, Piazzolla:
“Mi tango si es de hoy”.

Hacía ya tiempo que venía anunciando el fin de la música porteña, al menos de esa que cantaba Gardel. “El tango está como Alfonsín: moribundo”, bromeaba. El músico, en cambio, ese domingo de julio de 1989, estaba chispeante, alegre, recién despierto después de una larga siesta que siguió a un almuerzo repleto de mariscos y de “ese vino excelente que tienen ustedes”.
Había ido con parte de su conjunto al Mercado Central y todavía se lo escuchaba gozoso de la experiencia. Sus 69 anos estaban dentro de un pijama rojo, con dibujitos, y no quería que lo fotografiaran así. Pero hablar, eso sí quería Piazzolla.
Quería contar cómo se inicio en el arte de componer, como amaba la música y como defendía la suya, como le ayudó Nadia Boulanger, su maestra en Paris, a descubrir que su estilo estaba allí, en el tango, y no en la música europeizante que escribió hasta los 50. Como le daba “mucha bronca” que se lo conociera sólo por la Balada para un loco: “Una vez una señora se me acerco y me dijo: 'Maestro Piazzolla, aparte de la Balada..., qué mas escribió?', y yo tenia ganas de romperle la cabeza a esta señora...”

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Cómo estaba lleno de encargos: un cuarteto de cuerdas, otro de guitarras, un quinteto
de vientos, todos para intérpretes norteamericanos. “Parezco un supermercado de la música...”
Cómo su vida se podía resumir en un solo tango, un tango muy porteño y muy triste, “no porque yo sea triste”, aclaraba. “Al contrario, soy un loco de la guerra, soy un loco lindo, me gusta divertirme, me gusta tomar vino, me gusta comer bien, me gusta la vida, así que mi música no tiene por que ser triste. Mi música es triste porque el tango es triste. El tango tiene raíces tristes, dramáticas, sensuales a veces, religiosas, tiene un poco de todo... Religiosas, por el bandoneón que fue inventado para acompañar la liturgia en Alemania. El tango es triste, es dramático, pero no pesimista. Pesimistas eran las letras de antes, totalmente absurdas...”

Y cómo no le gustaba nada el publico español (“no me entienden, ni mi apellido saben pronunciar”), a diferencia del chileno, que, desde que fue por primera vez en 1972, comprendió su música. Una música, que, como él decía, “no es fácil”.

"Entonces, por que no estudia?"

Tampoco fue fácil la lucha que dio por ella. Muy niño, cuando vivía en Nueva York, comenzó a tocar el bandoneón, con el que pudo -apenas con 13 años- acompañar al mismísimo Carlos Gardel. También trabajo como extra en El día que me quieras, protagonizada por el Zorzal criollo. Cuando cumplió 17 años volvió con su familia a Mar de la Plata y después de unos frustrados intentos de estudios de contabilidad, decidió dedicarse por entero a la música. Estaba profundamente enamorado de ella y sabía que su decisión era para siempre. “La música”, decía, “es más que una mujer, porque de la mujer te podes divorciar, pero de la música, no. Una vez que te casas, es tu amor eterno, para toda la vida, y te vas a la tumba con la ella encima”.

En ese tiempo trabajaba tocando su bandoneón “en cuanto había cabaret en Buenos Aires” y también comenzaba a componer. Osado, se presentó en la casa que tenía el pianista Arthur Rubinstein en la capital argentina, con una pieza bajo el brazo. “Era una obra tan espantosa”, recordaba entre risas, “que yo decía que había compuesto un 'concierto para piano', pero no le había hecho la parte de orquesta...” De todas formas, obligó a Rubinstein a leerlo, “y a medida que lo iba tocando, me fui dando cuenta del disparate que había hecho. El tocaba un poco y me miraba, y de repente me dice: 'Le gusta la música?'. 'Mucho maestro', le contesto yo. 'Entonces, por que no estudia?’”.

El mismo pianista polaco llamó por teléfono a su amigo, el compositor Alberto Ginastera, y le dijo que tenía a un joven ansioso de aprender. A las ocho de la mañana del día siguiente, Ginastera, que en ese tiempo estaba comenzando a presentar las obras que lo harían mundialmente famoso, tenía a su primer alumno frente al piano; y Piazzolla, a su primer profesor de composición.

“Era como ir a la casa de la novia”, se sonreía nostálgico Astor. “Él me enseñó el misterio de la orquesta, me mostró sus partituras, me hizo conocer y analizar a Stravinsky. Ahí me metí en el mundo de 'La Consagración de la Primavera', me la aprendí completa de memoria...” Seis anos duraron las clases. Piazzolla se lanzó a componer como un loco:

– Yo mismo me transformé en un “autogenio”. Tenía un bajón con el tango, lo había abandonado por completo y en cambio, era compositor de sinfonías, de oberturas, de conciertos para piano, música de cámara, sonatas... Vomitaba un millón de notas por segundo.

– Y cómo era la música de Piazzolla en ese...?
– ¡Para!, que ahora viene la historia. Entonces yo escribía y escribía, durante diez años, sin parar, hasta que el año 53 Ginastera me llama y me dice que hay un concurso para compositores argentinos. Y yo le dije que no, porque se estaban presentando todos los “grandes” de ese momento. Al final mandé una pieza mía que se llamaba ‘Sinfonietta’. Cuando se estrenó, los críticos me dieron el premio a la mejor obra del año. Automáticamente, el gobierno de Francia me dio una beca para estudiar con Nadia Boulanger, en Paris.”

Dejamos aquí la entrevista que retomaremos en el siguiente párrafo.

Con estas ideas se traslada a Francia en 1954, becado por el Conservatorio de París, pero la musicóloga Nadia Boulanger - discípula de Ravel - lo persuadió de desarrollar su arte a partir de lo que le era más propio: el tango y el bandoneón. "Este es el Piazzolla que me interesa. No lo abandone nunca", exclamó al escucharle tocar 'Triunfal'

Sobre su experiencia con Nadia nos sigue hablando en la entrevista:

Casi nada fue igual para Astor Piazzolla a partir de ese momento. Porque tuvo que irse a Europa para que una francesa le dijera quién era él, para que le enseñara a rescatar lo que había de propio en su creación:

– Cuando fui con todos mis kilos de sonatas y sinfonías bajo el brazo y se los di, le dije: “Maestra, este es mi premio, lo recibí yo, en fin, aquí están mis obras...” Ella leía las partitura, así que empezamos a analizar mi música y salió con una frase que me pareció horrenda: “Está muy bien escrita”. Y paró, con un punto redondo así como una pelota. Después de mucho rato, me dijo: “Acá usted se parece a Stravinsky, se parece a Bartok, se parece a Ravel, pero ¿sabe lo que pasa? Yo no encuentro a Piazzolla acá”. Y entró a investigar mi vida particular, qué hacía, qué tocaba, qué no tocaba, dónde vivía, si era casado, si estaba juntado, ¡parecía del FBI! Y yo tenía mucha vergüenza de contarle que era un músico de tango, absoluta vergüenza tenía. Al final le dije: “Yo toco en un nightclub”. No quise decir cabaret. Y ella: “Nightclub, mais oui, pero eso es un cabaret”. “Si”, respondí y pensaba: “A esta vieja le voy a dar con un radio en la cabeza”. ¡Se las sabia todas!.

Una fuga "tanguificada" Y siguió el interrogatorio:

– “Usted me dice que no es pianista, ¿qué instrumento toca, entonces?” -insistía ella-. Y yo no quería decirle que tocaba el bandoneón, porque pensaba “ay esta me tira por la ventana del cuarto piso con bandoneón y todo”. Finalmente se lo confesé y me hizo que le tocara unos compases de un tango mío. De repente abre los ojos, me toma la mano y me dice: “Pedazo de idiota, ¡esto es Piazzolla!”. Y agarré toda la música que había compuesto, diez anos de mi vida, lo tiré al diablo en dos segundos.

Nadia Boulanger lo hizo estudiar, durante 18 meses –“que me sirvieron como si hubieran sido 18 anos”-, sólo contrapunto a cuatro partes. “Después de esto”, le decía, “usted va a escribir un cuarteto de cuerdas como se debe. Acá va a aprender, de verdad que si...”

– Ella me enseñó a creer en Astor Piazzolla, en que mi música no era tan mala como yo creía. Yo pensaba que era una basura porque tocaba tangos en un cabaret y resulta que yo tenía una cosa que se llama estilo. Sentí una especie de liberación del tanguero vergonzante que era yo. Me liberé de golpe y dije: 'Bueno, tendré que seguir con esta música, entonces'.

– En todo caso, usted ya había optado por no abandonar el sistema tonal, como tantos compositores de su generación...

– Sí, eso sí... -piensa y recuerda nuevamente a su maestra-. Nadia no gustaba de la música contemporánea. Ella, por ejemplo, me contó un día: “Un alumno me invitó anoche a un estreno suyo... (se trataba del entonces muy joven Pierre Boulez). ¡Qué suerte que en la segunda parte tocaron Monteverdi!”. Nada más (se ríe). Así era ella: terminante. Yo le tenía terror, porque lo sabía todo. Ya estaba por irme a Buenos Aires y le mande a Nadia Boulanger uno de los discos que había grabado. Ella me escribió una carta muy linda en la que me decía que ya había escuchado mucha música mía por la radio y que estaba orgullosa de que hubiera sido alumno suyo.

En Francia Piazzolla grabará en 1955 con la Orquesta de Cuerdas de la Ópera de París, formada por ocho violines, dos cellos, un arpa, un bajo y Lalo Shifrin (o Martial Solal – ya que de esto encuentro distintas informaciones según la fuente –) al piano16 temas, todos suyos salvo dos que tuvieron un grandísimo éxito. Tangos como “Nonino” (antecedente del célebre “Adiós, Nonino”, emocionada despedida a la muerte de su padre), “Marrón y azul”, “Chau, París”, “Bandó”, “Picasso” entre otros.

Pero Piazzolla vuelve a Argentina en 1955. En una Buenos Aires moldeada por poetas, donde los anuncios de los shows de tango poblaban la doble página central de los diarios, las orquestas tenían hinchada y el rock aún no había explotado, la presencia de Astor generó de entrada resquemores, envidia y admiración entre la comunidad tanguera. Y es en 1955 cuando explota todo su aprendizaje: las fugas, los contrapuntos, los elementos aprenhendidos del universo clásico.

En Buenos Aires va a actuar en dos direcciones.

Por una parte, la orquesta de bandoneón y cuerdas, con la que dio a conocer una nueva generación de tangos suyos. Tangos como “Tres minutos con la realidad”, “Tango del ángel” y “Melancólico Buenos Aires”, que ya tenían esa actitud de ruptura que caracterizó a Piazzolla. Además de sus propias composiciones su repertorio también incluía tangos tradicionales releídos y otros más actuales de diferentes músicos, como “Negracha” (Pugliese), “Del bajo fondo” (José y Osvaldo Tarantino) o "Vanguardista" (José Bragato). La orquesta contaba además de con el cellista José Bragato, el pianista Jaime Gosis, el violinista Elvino Vardaro (del que hemos hablado anteriormente) y el contrabajista Juan Vasallo, con el cantor Jorge Sobral, ya que Astor quería extender también al tango canción su propuesta renovadora.

La otra dirección que tomará Astor en esa época será la creación del Octeto Buenos Aires, en el que reunió a instrumentistas de gran nivel y con el cual desordenó todo lo conocido en tango hasta entonces. Intérpretes como Atilio Stampone al piano, Hugo Baralis y Enrique Mario Francini como violinistas, José Bragato al cello, el guitarrista Horacio Malvicino y Juan Vasallo con el contrabajo, formaron parte de su octeto. Hay quienes juzgan a ese Octeto como el cenit artístico de toda su carrera. El Octeto se dedicó sobre todo a reinterpretar grandes tangos tradicionales, como “El Marne”, “Los mareados”, “Mi refugio” o “Arrabal” grabando solamente dos LPs.

La Orquesta de Bandoneón y cuerdas y el Octeto de Buenos Aires revolucionan la música ciudadana y despiertan en su contra las más despiadadas críticas. Las editoriales y los medios lo boicotean y entonces en 1958 se va a Nueva York a trabajar como arreglista.

En 1958 Piazzolla se estableció en Nueva York, donde vivió circunstancias muy difíciles. De aquella infeliz etapa quedó su experimento de jazz-tango, que él mismo juzgó con dureza por la concesión comercial que supuso. Se trató de un Quinteto con vibráfono, sin violín.

Vuelve de nuevo a Buenos Aires en 1960 y cada vez más convencido de que la música es para escuchar y no para bailar, crea otro de los conjuntos fundamentales de su trayectoria: el Quinteto Nuevo Tango: bandoneón, piano (Jaime Gosis), violín (Simón Bajour), guitarra eléctrica (Horacio Malvicino) y contrabajo (Kicho Díaz). Este Quinteto causó furor en ciertas sectores del público, entre ellos el universitario.

Esta formación, cuyos integrantes fueron cambiando con el tiempo, frecuentó un repertorio variado, que incluyó nuevos tangos de su director (Astor Piazzolla), como “Adiós, Nonino”, “Decarísimo”, “Calambre”, “Los poseídos”, “Introducción al ángel”, “Muerte del ángel”, “Revirado”, “Buenos Aires Hora 0” y “Fracanapa”, entre otros.

"Tuve que defenderme, pelear, discutir, pero también confieso que me divertí. Sin darse cuenta me ayudaron a forjar la fama de Astor Piazzolla", diría el músico años después. La controversia iba a propósito de si su música era tango o no, a tal punto que Astor tuvo que llamarla "música contemporánea de la ciudad de Buenos Aires". Lo más insólito es que mientras esta discusión acaparaba la atención, el tango perdía oyentes, bailarines y público a raudales y las orquestas debían achicarse o desaparecer.

Pero no era sólo eso: Astor provocaba a todos con su vestimenta informal, con su pose para tocar el bandoneón (actuaba de pie, frente a la tradición de ceñirse al fuelle sentado, como Troilo).
En 1963 retornó a un fugaz Nuevo Octeto, que no alcanzó el óptimo nivel del anterior pero le permitió incorporar nuevos timbres (flauta, percusión, voz).

Entre las múltiples actividades que desarrolló en esos años caben destacar dos acontecimientos de 1965: el concierto que con el Quinteto ofrece en el Philarmonic Hall of New York, dando a conocer la “Serie del Diablo” y la completada “Serie del Ángel”, además de “La mufa”; y la grabación en Buenos Aires una serie de excepcionales composiciones suyas sobre poemas y textos de Jorge Luis Borges (con su mitología de cuchilleros de arrabal), con el cantor Edmundo Rivero y el actor Luis Medina Castro. Ese mismo año dio a conocer “Verano porteño”, primero de los valiosísimos tangos que conformarán las Cuatro Estaciones. Ese mismo año se publica su álbum “Tango”.
Comienza luego en el año 1967 su producción con el poeta Horacio Ferrer, con quien escribió la operita “María de Buenos Aires” (que comprende el admirable “Fuga y misterio”) y después compone “Tangazo” a petición del Maestro Calderón, director del Ensamble Musical de Buenos Aires.

Después de esta colaboración con Ferrer, Piazzolla comienza una nueva experiencia: la “Tango Canción” y en 1969 lanzan “Balada para un loco” y “Chiquilín de Bachín”, que de pronto le proporcionaron a Piazzolla éxitos masivos, a los que no estaba habituado. Ese año los grabó por partida doble, con la cantante Amelita Baltar y con el cantante Roberto Goyeneche.
Este género más comercial lo acerca al gran público que hasta entonces había estado integrado por un grupo reducido de entendidos y que cada vez se hace más numeroso reconociendo a su vez en Piazzolla la expresión auténtica de la música de Buenos Aires.
Cosecha un montón de éxitos por América Latina y en 1972 tras haber grabado el año anterior el magnífico LP “Concierto para quinteto”, forma Conjunto 9, con el que graba, como difundiendo la discusión acerca de lo que es y no es tango, “Música contemporánea de la ciudad de Buenos Aires”. Los álbumes que realizó ese noneto incluyen obras como “Tristezas de un Doble A”, “Vardarito” y “Onda nueve”.
El 17 de agosto de 1972 Piazzolla se presenta en el teatro Colón. Los ensayos de este importantísimo acto le impiden aceptar la propuesta de Bernando Bertolucci para escribir la banda sonora de su película “Tango en París”. De esta sólo escribirá dos temas: “Jeanne y Paul” y “El Penúltimo”.
Tras abandonar nuevamente la Argentina, Astor inició su fructífera etapa italiana, donde entre otras obras dio a conocer “Balada para mi muerte”, con la cantante Milva, “Libertango” y la conmovedora “Suite troileana”, que escribió en 1975 bajo el impacto que le causó la noticia de la muerte de Anibal Troilo.
En 1974, Gerry Mulligan, una de las máximas figuras de jazz, solicita a Piazzolla trabajar en conjunto y así nace “Summit”.

Tres años después compuso y grabó con orquesta una serie de obras dedicadas al campeonato mundial de football que tuvo lugar en Argentina, durante la sangrienta dictadura militar implantada en 1976 que manipuló políticamente ese torneo. Se trató de un deplorable paso en falso de Piazzolla.

En 1979, de nuevo con su quinteto, presentó “Escualo”, entre otros temas.

A lo largo de aquellos años y los siguientes, Astor unió su talento al de artistas de diversos orígenes, como George Moustaki (para quien compuso los bellísimos temas “Hacer esta canción” y “La memoria”), Gerry Mulligan y Gary Burton, con quien graba en el Festival de Montreux de 1986 la “Suite for Vibraphone and New Tango Quintet” lo que despierta la admiración de grandes solistas de jazz como Pat Metheny, Keth Jarrett, Chick Korea, quienes a su vez le irán encargando obras.

La última formación de Piazzolla fue un sexteto, que sumaba un segundo bandoneón al quinteto y reemplazaba el violín por el violoncello.

En 1989, la revista de jazz DOWN BEAT ubica a Piazzolla entre los mejores instrumentistas del mundo.

En sus últimos años, Piazzolla prefirió presentarse en conciertos como solista acompañado por una orquesta sinfónica con, alguna que otra presentación con su quinteto. Es así que recorre los Estado Unidos, Japón, Italia, Alemania, Francia, América Latina... ampliando de esa manera la magnitud de su público en cada continente por el bien y la gloria de la música de Buenos Aires.

”Five Tango Sensations¨, su última grabación, la que se colocó en el Top Ranking de los albums de música clásica quedándose en primer lugar mas de un año.

Astor Piazzolla es uno de los pocos compositores que pudo grabar, y representar en conciertos la casi totalidad de su obra, la cual abarca unos cincuenta discos. En sus últimos diez años, escribió más de trescientos tangos, unas cincuenta bandas sonoras de películas, entre las cuales: ¨Henri IV¨ de Marco Bellochio, ¨Lumiére¨ de Jeanne Moreau, Ärmaguedon ¨de Alain Delon, ¨Sur¨ y ¨El exilio de Gardel¨ de Fernando Solanas, César a la ¨Mejor Música de película" y así como también temas musicales para obras teatrales y ballets.

En febrero de 1993, en Los Angeles, Astor Piazzolla fue nominado por los Grammy Awars por ¨Oblivion¨en la categoría ¨Mejor Composición Instrumental¨. Los críticos internacionales han calificado ¨Oblivion¨ como unos de los temas más hermosos de Piazzolla y quizá uno de los más grabados a la fecha.
El 4 de agosto de 1990 Astor Piazzolla padeció en París una trombosis cerebral. Después de dos años de enfermedad falleció el 4 de julio de 1992 en Buenos Aires.

Bucear en la inmensa obra de Piazzolla, encontrar partituras y arreglos o idear otros nuevos es hoy la fascinante tarea de músicos de todo el mundo.
"Tengo una ilusión: que mi obra se toque en el 2020 y en el 3000 también", decía el bandoneonísta. A menos de dos décadas del 2020 su cita suena profética: la discusión sobre su música cambió radicalmente el eje. Hoy parece vetusta la cuestión sobre si su música es tango o no.


Astor Pantaleón Piazzolla was born on March 11, 1921 in Mar del Plata, Argentina, only child of Vicente “Nonino” Piazzolla and Asunta Mainetti. In 1925, the family relocates to New York City until 1936 with a brief return to Mar del Plata in 1930.
















Recopilado de: http://guitarreando.iespana.es/apunpiazz.htm